FICCIONOMÍA

RICARDO A. SIMENTAL


EL DÍA EN QUE FALTÓ LA REVOLUCIÓN

Los preparativos empezaron con mayor anticipación que en otros años. La importancia de esta fecha lo ameritaba. Metidos en el afán de organizar los mejores festejos de que se tuviera memoria , laboraban en la empresa cuatrocientas personas de tiempo completo, ciento tres más como ayudantes de tiempo parcial y ochocientas quince que cobraban sin hacer nada, como es tan común en este país.

Ya se habían colocado los adornos para engalanar las calles con motivos patrios y cabezas de los héroes oficiales que no se agotan ni con el uso. Las cuadrillas se movían ordenadamente, confluyendo en un mismo punto, haciendo como que hacían para cumplir con el horario. Dentro del almacén usualmente saqueado, permanecían, esperando su turno para desplegarse en plena gloria al sol y a las nubes y al smog, los banderines y los retratos del Presidente en pose, destinados a ondear y a lucirse en los parques y las plazas, en los portales y las astas, para terminar luego en las banquetas.

Los planes para la música dependían directamente del Departamento de Difusión dentro del cual las secretarias, dejando con pesar su lugar, accedieron a vestirse de edecanes para el deleite de todos los que pagan su sueldo sin saberlo.

Los sindicatos trabajaron duro para organizar sus cuadros participantes, proponiendo consignas de adhesión al régimen, tablas calesténicas e incluso disfraces para divertir al omnipresente gabinete que dejaría sus otras diversiones para reventarse de aburrimiento durante las seis horas que duraría el desfile. Buscando lograr algo mejor que las otras uniones de trabajadores, insistían en repartir volantes con las frases que halagarían al oído oficial, convenciendo a fuerza de golpeadores a aquellos que tenían la osadía de protestar. Habiendo aprendido bien los métodos de Fidel Delascoes, no dejarían que nadie se saliera del programa.

Mientras la ciudad dormía, las cuadrillas pusieron el empeño para terminar antes de la mañana del último día. Increíblemente, lo lograron. La gente llegó temprano, peleando por un lugar en la orilla de la banqueta, amontonándose luego en filas atrás. Salieron a relucir las papitas, los tacos, las paletas. Los niños que podían saboreaban lo que les escurría entre los dedos. Los que no podían prolongaban el llanto. Después de un rato, la comitiva oficial pasó enfrente de todos, armando su bulla. Copada por las cámaras de televisión y los miles de periodistas que funcionan, pero no sirven, la ciudad vio comenzar los festejos.

El desfile era precedido por las tanquetas y los vehículos blindados que tan eficientemente aplastan sembrados y cercan poblados. Sus ocupantes, muy orgullosos, portaban el costoso armamento con que se impone el poder caciquil. Su paso significó el inicio de una salva de aplausos que no terminaría sino hasta la puesta de sol cuando los acarreados se rendirían, exhaustos y adoloridos, a pesar de las amenazas de los representantes, que querían desquitar hasta el último centavo.

Siguieron luego los cuerpos de inseguridad que asolan a la ciudad y se aseguran de obtener lo más que pueden. Inmediatamente después venían los charros, encabezando a los contingentes sindicales a quienes tan bien representan. Los ambulantes, con sus respectivas banderolas tricolores, no por patriotas sino por partidistas, gritaban a voz en cuello las alabanzas al Presidente y una que otra mentada para el de al lado. Mientras tanto, en el palco, alguien se deslizaba con cuidado y discreción hasta la silla del Priciso, para informarle la mala nueva: La Revolución no aparece.

El desconcierto del personaje, no ayudando a guardar el secreto, se contagió a sus segundos, sembrando la inquietud en quienes, acostumbrados a la obediencia ciega, confiaban en presenciar un programa cumplido al pie de la letra.

Las ordenes no se hicieron esperar y doscientos nuevos reclutas, lo más florido de la delincuencia, se lanzaron a recorrer el zócalo y sus alrededores vociferando y repartiendo macanazos en una búsqueda infructuosa, que se extendería en un radio de kilómetros, tratando en vano de encontrar a la ausente.

En el palco, el desconcierto había sido sustituido por la indignación. “¿Cómo se atreve?”, “..a sus noventa años”, “no puede hacernos esto”, ...’ora que la agarre...”, provocando que la gente, (esa que nunca se pierde un movimiento del personaje, por si se hurga la nariz) se diera cuenta de la situación. No sabían a ciencia cierta de que se trataba, pero de inmediato se esparcieron los rumores.

Con la prioridad otorgada siempre al disimulo, el maestro de ceremonias alzó la voz para llamar la atención y el aplauso hacia las brigadas paramilitares, que aunque dicen que no existen, se aferraron a participar también, luciendo con petulancia las evidencias del número de víctimas desarmadas que han caído bajo su fiero batallar: trenzas y trenzas atadas a la cintura y una bolsita donde guardan los dientes.

Sin embargo, la gente solo los observó un momento, ya que un nuevo alboroto se posesionó del palco de horror. Los señores se movieron, ayudando a las damas a inclinarse sobre el balcón, donde soltaban el aire, jalándolo de nuevo con cierta desesperación. Fue fácil imaginar esta vez la causa. El esfínter de alguno no había soportado la presión. El culpable debió ser, casi con seguridad, el de la hacienda, ya que fue el único que permaneció inmutable en su lugar, traicionándose sólito. Después del incidente, y una vez restablecida la calma y despejada la atmósfera, se decidió proseguir el orden del día, con Revolución o sin ella. Así, se continuó con el desfile hasta el final, para proceder luego al discurso y la celebración. Lelita de la Viga se lució narrando mejores mentiras que las acostumbradas. Perro Jerriz, alardeando, se codeaba en las costillas con el Preciso, al tiempo que Javier Enlatorre, en su afán de llamar la atención, se jalaba los calzones con Sergio Sarniento, en un juego asqueante que desilusionó a la concurrencia. Al final, y ante la ausencia de la festejada, se optó por televisar unas tomas de archivo, donde se observó en las pantallas de todos los ciudadanos a la susodicha, cuando recibía en su favor las aportaciones voluntarias de los ciudadanos. Cuando, para pagar la nacionalización del petróleo, el pueblo le hizo un homenaje que no igualarán nunca los dictadores actuales. El único inconveniente fue que se trataba de una imagen más bien borrosa, que la hace irreconocible. Y quien hubiera podido reconocer, después de 50 años de traición y felonía.


CRÓNICAS ASUSTADAS

En el juego contra México, ¿ a quién le vas? - A Labastida y Ernesto.

No, hombre, del juego. - A Lankenau y al Divino.

Tsh, hablo del futbol. - Por eso.


Todos permanecen con la vista fija en el monitor. Sin percatarse del paso del tiempo ni del viento pesado que a ultimas fechas se ha cargado de humedad. Todavía no se ha llegado al momento de amontonar las miradas nerviosas en el reloj, pero no falta un apasionado que no puede evitar una ojeada. Sobre la mesa interpuesta como límite entre el aparato y los espectadores, se diseminan sin orden las huellas de la afición y los depojos del apetito satisfecho. Con un movimiento apenas perceptible se acomoda alguien que recien llega en el rincón de la habitación y, tratando de no desviar la atención, en el silencio roto de pronto por el sisear del gas, destapa una botella. Entonces voltean todos a verlo, asombrados de que a esa hora, apenas después del desayuno, se antoje un trago tan amargo.


La bruma producida por los incendios se asienta bajo las ramas de esos arboles viejos tan parecidos al pueblo que ahora los habita, como si se colgara de ahí en un intento de cubrirlos con algo. El camino se enconde un poco también aunque despues de un rato, se delata con el constante rodar de las tanquetas y los camiones transportando a la tropa. Detrás vienen las pick-up y las suburban cargando decenas de hampones empistolados vestidos con el negro interior que les guarda las visceras y contentos por la oportunidad de liquidar a alguien más.


La tensión sube a cada momento. Las pupilas fijas y brillantes parecen reflejar solo el pequeño punto luminoso que se mueve al compas de las imágenes sin hacer caso al sonido de la bocina. Una exclamación se escapa correspondiendo a la emoción fingida en la voz del locutor y luego una serie de improperios, surgida a unísono de los espectadores, revienta contra los muros advirtiendo a las cosas inanimadas que llenan la habitación, de lo que se avecina. La frustación comineza a hacerse presente. Los perfiles se crispan igualandose ante los avatares de los sucesos en la pantalla. Cada vez que los monitos corren en un sentido, se levantan los cuerpos de los asientos con un movimiento tan notoriamente involuntario que pudiera muy bien pensarse en la levitación. Cuando corren en contrario, se repegan contra el respaldo esperando que nada ocurra y sintiendo cada vuelta en los intestinos como un hueco por donde podría caber muy bien un balón entero. Se suceden los suspiros y las exhalaciones ruidosas; los repentinos silencios que elevan el nerviosisimo intercalandose con los gestos que delatan una resignación esperanzada que se resiste a claudicar, creyendo que a fuerza de porfiar, esos tipos podrán finalmente hacer algo. Pronto encuentra salida cuando uno de los monitos la caga estrepitosamente.


Allá en el Sur, arriba de la civilización y el drenaje, ni quien se entere de las comedias del juego. Les aprieta el hambre y la enfermedad. Les aprieta el calor y el asedio criminal que parece conjuntarse con la humedad que se cuela revuelta con un frio sucio y no hace mas que recordarle a la gente lo cerca que de ella está siempre la muerte. Allá donde las noticias pierden su pátina de mentira con que se venden a diario por estos rumbos, nadie se rie de los inventos de Labastida. La amenaza del exterminio es real y tangible. La crueldad del régimen, inexcusable.


Uno de los niños se cae y llora quedito sobandose la rodilla. La ausencia de los mayores es tan absoluta, sorbidos por el televisor, que los pequeños han estado correteando por las zonas prohibidas sin que nadie repare en ello. Los más grandes entienden un poco el juego, pero no pueden mantenerse demasiado tiempo inmóviles. Uno de los más pequeños piensa que eso del mundial es como una fiesta y se rie tratando de caer bien en la fiesta pero soloconsigue un empujon que lo aparta del frente de la pantalla. Comienzan los gritos, los brincos, la euforia. Finalmente lo han conseguido. La alegría bulle y rola y rueda junto con el pesimismo anterior. Los resabios se olvidan y el amor entre las parejas parece revivir manifestandose ahora que la casa está llena de gente. Urge abrazarse. Se chocan las manos y, se decide que a pesar de ser tan temprano eso amerita algo a la salud.


En el centro de la Nación un puñado de sátrapas planea el robo más grande de la historia. Todo para el bolsillo de los banqueros, los funcionarios, los priistas y uno que otro de oposición, los sindicatos, los caciques y, por supuesto, los ejercitos. Mas al Sur, la tensión crece y el nerviosismo se eleva. De vez en cuando todo estalla, y entre la masacre, de todo se escucha, menos un gol.


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