El niño en el castillo de techos de cristal.

Vivía hace tiempo, en uno de esos paisajes de árboles altos con hojas oscuras, un niño solitario que deseaba tener compañeros para jugar. Sus padres nunca estaban con él. Viajaban la mayor parte del año.

Muchos criados de andar silencioso lo cuidaban y entre ellos, después de la cena, hablaban del pequeño . Una mujer callada, de largos miembros y piel bronceada, de quien se rumoraba que había sido el amor prohibido del dueño del castillo, era la que más se preocupaba por él. Al alba, mirando el cielo aclararse a través de los techos de cristal, recorría las salas, bajando y subiendo escaleras para traer juguetes olvidados del fresco sótano. Una mañana era un extraño caballo de metal dorado, tan grande como los árboles que vigilaban la propiedad; otro día era un juego de disfraces: trajes de ricas telas, túnicas cubiertas de signos dorados, pañuelos piratas, sables y joyas de muchos colores. Todo se quedaba allí después de un rato. El pequeño lo aceptaba sin interés. Trepaba sobre el caballo y recorría el jardín, saludando a los animales que huían a su paso. Y al cabo, cuando el sol caía directo y quemaba la piel, volvía al castillo, solo. No lloraba porque ya no tenía lágrimas. No hablaba mucho porque todo lo que deseaba era escuchar una voz amiga, de su misma edad.

Desesperada, la mujer morena pasaba las noches sin dormir. Caminando por los cuartos, buscaba algo que ayudara al niño a ser feliz. Cansada, caía dormida en cualquier rincón del que se levantaba al alba para continuar su búsqueda.

Ni sus besos, ni sus caricias, bastaban al pequeño solitario. Era necesaria esa mágica compañía que sólo un amigo puede dar.

Cerca no había niños. Estos eran tan escasos como las aves de plumaje de oro. Solo los nobles tenían y los nobles más cercanos estaban a miles de kilómetros. Angustiada, la mujer fijaba sus negros ojos sobre el pequeño, luchando por contener las lágrimas al oírlo suspirar.

- Mira el caballo que viene corriendo entre los árboles - decía. El niño volteaba y sus ojos no veían. Soñaban amigos y risas y juegos.

- Escucha los cantos del mar y del río - pedía. El niño guardaba silencio, respirando apenas, pero no oía. Sus oídos deseaban el canto de otros pequeños.

Afligida, lo besaba y mecía hasta que él se dormía.

De noche, bajo la luz de las estrellas que se colaba por los techos de cristal, volvió al salón principal. Lámparas oscuras y estilizadas colgaban de gruesos cables. Arcones de ricas maderas crujían guardando las joyas, y de mil maniquíes colgaban los trajes y disfraces que ya no se usaban.

La luz de las estrellas cayó sobre uno de los cofres, destellando sobre las piedras talladas que lo adornaban. En línea recta viajó hasta una de las caras de los diminutos maniquíes. Ella notó que lloraba.

¡La figura de un niño de piedra y madera vivía y respiraba! Bajo la luz de miles de soles distantes, el prodigio se hizo visible. Y de cada carita, tan fina y bien tallada, dos lágrimones fluían, ¡tan reales!

La mujer morena aplaudió gozosa. -¡Amigos!- pensó mientras corría por el niño del castillo de techos de cristal. Lo despertó y cargó a cuestas hasta el salón. Allí, vestidos con trajes de fiesta, los maniquíes jugaban. Asombrado, desde el escalón, el niño los miraba. Ojos enormes como los suyos lo veían, brazos delgados lo saludaban llamándolo con gestos de ternura y en las caras…sonrisas ¡Y risas, y cantos y gritos de júbilo! Soltándose de la mujer morena, el niño echó a correr para reunirse con ellos.

Jugaron felices toda la noche; y cada una de ellas bajo las estrellas, hasta que los padres del pequeño volvieron y encontraron, entre maniquíes, a su niño de piedra.

FIN

Pininos.

22 de octubre de 1999.

Despierto feliz. El mundo es maravilloso y puedo controlarlo bien. Sonrío y me estiro antes de bajar de la cama. Hoy tengo mucho que hacer y lo mejor de todo es que dispongo de energía ilimitada.

Después de revisar la sala, busco qué comer. No hay mucha variedad: leche y galletas de animalitos. Me divierte hacer migas y esparcirlas por el sillón ¿hormigas, cucarachas? ¡Ojalá vengan! Pero prefieren los restos de la basura.

Miro críticamente a mi alrededor. Creo que la sala debería de estar más arreglada así que la decoro con mis objetos favoritos: una muñeca de trapo, un montón de tapitas de garrafón, tres o cuatro peluches famélicos y algunos de esos libros de pasta gruesa que suenan tan bien al golpear el piso y son excelentes para hacer confeti.

Mi mamá se me queda viendo y corre hacia mí. A ella no le gustan mis "bibliotorres". Escapo gateando y busco su bolsa. Es hora de revisar el cambio de hoy; monedas pequeñas... qué lata. No hay billetes que arrugar, ni pintura roja para paredes o espejos brillantes para meter bajo la puerta.

Timbra el teléfono y mamá brinca. Lleva todo el día escribiendo en la mesa. Mientras habla, me trepo en ella, jalo el cordón, juego con su pelo. Soy feliz pero tengo sueño. Mamá no para de hablar. Dice cosas raras y no me deja jugar. Me abraza y acuna, me besa y aprieta. Yo quiero dormirme y protesto señalando su pecho. Más leche, ahora sin galletas.

Despierto feliz y busco mis muñecos. Mamá ha recogido y vuelvo a decorar. Muñeca sobre el banquito de la sala, tapitas en el sillón, libros en el suelo. No encuentro el polvo de galletas, a pesar de que lo he buscado hasta en el excusado, así que lo sustituyo con talco y trozos del papel en el que mamá escribía.

Encuentro su pluma y pinto historias donde mi hermano dibuja. Pero es aburrido hacer solo rayitas; mejor jalo los platos de la comida y toco música con las cucharas. El piso se vuelve resbaloso ¡para patinar! Tirada de panza, finjo nadar. Mamá me levanta y lleva a bañar. Agarro un cepillo mientras me enjuaga y tallo el espejo para ayudarla.

Muy fresca, gateo hasta el cuarto y veo otra vez a mamá escribiendo. Le enseño muñecos, mi oso, mi lápiz, cucharas, ropa. No voltea. Saco las toallitas y limpio sus pies; me encimo en ella y le jalo la pluma. Busco entre las sábanas, en los rinconcitos. Algunas pelusas flotan cuando soplo. Cansada, le llevo a mamá algo más bonito. Sobre su libreta pongo un ciempiés vivo; le gusta tanto que deja su escrito.

Soy feliz.

Controlo el mundo.

 

Para mi hija Aurelia Alejandra.

Gisela de los Angeles Gómez Meda.

 

 

 

 

ONDAS

Junio 1986.

La piedra blanca y redondeada cae al mar. No hay ondas; sólo espuma y arena revuelta. Lloro pensando en mis padres. Hoy me pagaron el primer sueldo y festejo tirando piedras en un mar que no es aún mío. Quiero huir y ser niña de nuevo.

La siderúrgica se ve muy limpia de lejos; es el cielo el que ensucia nubes naranja de puesta de sol.

Abril 1989

Tac,tac,tac, escucho el latido de tu corazón dentro de mí. Es rápido. Te quiero y quiero tenerte.

Octubre 1989

La huelga aún no se resuelve. Mis compañeros permanecen en departamentos disfrazados de oficinas; juegan fútbol y beben cerveza.

Aguardo ansiosa para conocerte y sé que será hoy cuando al fin te abrace y alimente. El trabajo de parto no fue tan difícil; pero creo que el doctor no se recuperará pronto de los pellizcos que le dí. Ya sé porqué no se acercan mucho a las parturientas.

Tienes los pies muy, muy grandes, mi chiquito y tus largos y delgados deditos se ven azules de frío. Te arropo mientras me ves a través de los párpados hinchados ¿sabes que te amo?

Septiembre 1995.

Tienes miedo de que no venga por ti a tiempo. No quieres quedarte en la escuela. Yo temo que lloraré al dejarte y me hago la fuerte, volteando la espalda. Hay muchas mujeres como yo. Tú eres único.

Junio 1996.

Juegas a las luchas con tu papá; te tiene inmovilizado sobre la cama y tu le gritas "¡Ríndete, papito, ríndete!" Me gusta verte alegre.

Hoy pasaste la tarde corriendo en el césped con tus amigos. Brincaron desde arriba de la barda y se mecían en el árbol. Entraban a cada rato por agua, dejando el montón de vasitos húmedos con huellas de tierra y restos de pasto.

Tengo demasiado tiempo para pensar y me siento melancólica.

Noviembre 1997.

Ante la tumba de mi padre procuro no llorar. Ya lo hice durante las 8 horas que duró el viaje. Lloré ante cada espiga del borde de la carretera, recordando ramitos que hace tiempo cortamos, durante los paseos dominicales por el muelle.

Vinieron muchos parientes que hacía añísimos no veía. Es curioso como siento alegría al verlos, sonrío y digo estupideces como "Ojalá nos pudiéramos juntar así más seguido".

Le llevé a mi mamá un ángel. Ella cortó una rosa del panteón. Se ve cansada y triste. Empujo a mi hijo para que la abrace en nombre mío.

Octubre 1999.

Lavo los trastes mientras la nena duerme. Afuera, perros, niños y pelota se revuelven en un solo sonido. Pienso en la piedra que tiré al mar y extraño las ondas que debió dejar. De pronto me parece que estoy allá y todo esto no existió jamás.

Siento un escalofrío bajarme la espalda, quedarse en el vientre y vaciarme el alma. Volteo con cuidado queriendo llorar; el miedo me atrapa y cierro los ojos. Desaparece todo, el sonido se escapa. Respiro profundo y vuelvo a mirar.

Solo veo el mar. El sol hace rato se ha metido ya.

FIN

 


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